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Cultura El Nobel, el Rico, y el Sabio



Llevamos un par de semanas que parece la Quincena de los premios en el Corte Inglés. Comenzamos con el Premio Nobel de Literatura 2006, el novelista turco Orhan Pamuk, según comunicó la Academia Sueca de la Lengua. Pamuk es uno de los principales nombres de la nueva literatura turca, escritor que «en búsqueda del alma melancólica de su ciudad natal ha encontrado nuevos símbolos para reflejar el choque y la interconexión de las culturas», según la explicación de los académicos.

La concesión de este premio es a Turquía a quien más incomoda, atendiendo al compromiso con la libertad de este autor musulmán que no hace concesiones religiosas al límite que imponen las democracias y los Derechos Humanos. Por unas declaraciones de febrero de 2005, responsabilizando directamente a Turquía de la masacre de un millón de armenios y de 30.000 kurdos en 1915, fue acusado de traición por el gobierno de su país. El caso provocó tanto estupor internacional que escritores consagrados firmaron una declaración de apoyo a Pamuk. El juicio al escritor fue aplazado y en enero de 2006 el Ministerio de Justicia turco archivó la causa definitivamente. «Mi deseo secreto ha sido ser un artista libre», aseguró Pamuk, que sigue sin ser profeta en su tierra, a pesar de que asegure en su libro autobiográfico titulado con el nombre de la ciudad en que nació que: «Esa dependencia de Estambul significa que el destino de la ciudad era el mío porque es ella quien ha formado mi carácter3. Esperemos que Pamuk tenga en el nombre de su ciudad un destino y no un fatum trágico, y que él sea la voz de los nuevos tiempos otomanos.

Otro de los momentos estelares de la semana, literaria y crematísticamente hablando--ya que el premiado ha ingresado en la nómina de los ricos- ha sido la concesión del Premio Planeta. Una vez desaparecido del jurado el ambivalente Marsé, que empieza a conocerse en los ámbitos planetarios como el «espíritu de las navidades pasadas», así como la sinsustancia Mari Pau Janer, en esta edición se ha tenido a bien premiar al incombustible académico Álvaro Pombo, considerado por la crítica como uno de los renovadores del realismo subjetivo. Personalmente, y a pesar de lo criticado de los mismos, creo que, para no estar a completa merced de otros méritos más dudosos, la existencia de premios garantizan una presencia real de las artes escritas en los acelerados medios de comunicación, como una baliza o una bengala en medio de tanta vorágine informativa. Me preocupa menos lo que haga una empresa privada con su dinero, que lo que sucede en premios estatales, financiados con dinero público, de más oscura y no trascendida argumentación, aunque eso es otro tema. Pombo para el Planeta, es, de entrada, ya un acierto que muchos celebramos.

Las horas de Delibes

También se presentó en la Fundación Thyssen-Bornemisza, con presencia de la baronesa Thyssen, y enorme despliegue de medios y elegancia, gracias al buen hacer de Pilar Rubines, el premio Sial de Poesía 2006, que recayó en el argentino Alejandro Guillermo Roemmers. Arropado por el escritor y editor de Sial, Basilio Rodríguez Cañada, además de destacados intelectuales, escritores, y periodistas como Luis Alberto de Cuenca, Javier Rioyo, o Paloma Barrientos, entre otros, se presentó el ganador, «Como la Arena», un bello y sabio ejercicio de clasicismo contemporizado por el sabio quehacer de este poeta de raíz borgiana. Una apuesta por los puentes tendidos de hace un siglo por el Modernismo de Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez, y luego del 27, que deberíamos recomponer.

El broche de oro, el Premio Vocento a los Valores Humanos otorgado a Miguel Delibes, al «hombre íntegro y completo» que ha sabido «narrar sin prejuicios, con honradez y grandeza de espíritu lo auténtico y esencial, en palabras del Rey Don Juan Carlos I, que le entregó el premio en Valladolid, al rey decano de las letras españolas. El autor de «Cinco horas con Mario», «Los santos inocentes» o «La primavera de Praga», es un lujo para una lengua que es la verdadera patria, amplia, incuestionable y sin fronteras. Larga vida al rey.